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Medellín: EL escritor ante la ciudad
Medellín: El escritor ante la ciudad
Por
Darío Ruiz Gómez
Siempre me ha perseguido una frase de Mariano José de Larra:
"Escribir hoy en España es llorar". ¿Escribir hoy en Medellín es llorar? Eso que llamamos realidad ha desbordado nuestra capacidad no solo de imaginación sino nuestra capacidad de indignación ante la diaria visión del crimen, del genocidio y la masacre contra los inocentes a nombre de rótulos políticos abstractos, de utopías miserables, pero, igualmente de los especuladores del suelo urbano capaces siempre de convertir el atropello en un simple anécdota periodística.
¿De cuál palabra se apropia entonces el escritor en estas circunstancias, de las de un periodismo procaz para el cual importa más lo sensacionalista que el dolor humano? ¿De las de un testimonialismo que bajo una supuesta objetividad es incapaz de adentrarse en la capacidad estoica de quienes saben resistir el atropello manteniendo la fe en Dios? ¿O las palabra del uso común, de la vida común que se han negado a ser arrasadas por esos falsos lenguajes manipulados como información?
El deber de la poesía, recordaba Ives Bonnefoy, consiste en devolverle al ciudadano la noción de lugar. Porque el lugar que es construcción de la memoria que se proyecta hacia un futuro inmediato como necesidad de referencia, está siendo arrasado por los especuladores y los falsos mesías políticos. Lugar no quiere decir propiedad privada ya que el lugar carece de límites y fronteras y se expande en el sueño hacia los más insospechados territorios. De ahí la extrema violencia que implica el referirse, en una mesa de conversaciones sobre paz, de reconocimiento de territorios reivindicados arbitrariamente por determinados actores del conflicto armado, ya que un territorio no puede edificarse sobre el terror y el asesinato, el territorio es de los habitantes que a lo largo de los años le han sabido conferir un sentido hasta convertirlos en la única patria posible.
Y por ello debe ser devuelto a ellos expulsando a los invasores que llegaron a impedir el diálogo de los vecinos, la música de los niños. Legitimar una escritura consiste en la capacidad de describir estos territorios invisibles, estas invisibles rutas por donde los vivos se encuentran con los antiguos parientes y la historia de una ciudad deja de ser el frío recuento de personajes y cifras económicas para convertirse en la presencia de un espacio indefinible.
Ninguna ciudad en nuestro país ha sido y está siendo nombrada por sus escritores como Medellín. Desde Tomás Carrasquilla hasta Manuel Mejía Vallejo encontramos una prolija descripción de geografías urbanas, de conductas ciudadanas mediatizadas por el afán de lucro, el arribismo social, el racismo y por consiguiente aquel tipo de intolerancia que convierte al vecino, al prójimo, en un extraño, no olvidemos que Antioquia es el único Departamento que ha desterrado a sus hijos.
El Indio Uribe, Ñito, Uribe Uribe, Fidel Cano, Barba Jacob debieron escoger un día el exilio tal como lo escogieron Ricardo Rendón, León de Greiff y César Uribe Piedrahita. Y durante décadas fueron condenados al exilio interior o muerte en vida Pedro Nel, Nel Rodríguez, Martín Rodríguez, Débora Arango, etc. ¿Cuántos modelos económicos, cuantas teorías sobre industria y comercio produjeron desde entonces la prosperidad de unos pocos y la miseria del resto de la población?
Monumentos efímeros de poderes efímeros y, quién recuerda a sus arrogantes protagonistas?
Aquí uno puede decir: la escritura persiste en la medida en que frente al desolado lenguaje oficial, académico, quien escribe se ha despejado de sí mismo para tratar de leer aquello que se oculta en el habla cotidiana, en la palabra para el uso de la vida: las mujeres de Carrasquilla, los niños de Carrasquilla capaces de responder con un inesperado heroísmo al atropello y la maldad, los clásicos espacios de Barba como propuestas de una vida y una ética que responde al reclamo de una tradición despojada de oscuridades atávicas , los recios personajes de Echeverri Mejía enfrentando el reto de un destino a través de desconocidas geografías.
El itinerante personaje que en la poesía de Rogelio Echavarría incorpora la medida de una desolación interior, y en los poemas de Mario Rivero incorpora con vigor el soplo necesario de la música de arrabal, del hondo muchacho popular que certifica sus lugares para que los muertos futuros no sean despojados de una dirección.
Lugares que jamás serán hollados por la demoledora ambición de los poderosos, ternura y crimen como en la poesía de José Manuel Arango y Helí Ramírez, cotidianidad llevada sabiamente hasta el absurdo y el delirio en los poemas y relatos de Elkin Restrepo, cotidianidad cargada de reclamo existencial en los poemas de Darío Jaramillo Agudelo y de William Agudelo: sarcasmo como argumento para enfrentar el horror vacuo. ¿No es el sarcasmo y la ironía el arma predilecta de Fernando Vallejo para imprecar contra la intonsa ciudad donde detrás de los espejos del progreso material sigue agazapada la intolerancia y la mediocridad? Ciudad que nos despoja de nosotros mismos en la espléndida "La novela de Amariles", en la maestría narrativa de Víctor Bustamante en "Amábamos tanto la revolución" y en la saga narrativa de Juan Diego Mejía así como en ese trazo doloroso, brutal de la vida de barrio que va de las novelas de Juan José Hoyos a la novela de César Alzate. Hoy sabemos de la familia judía que habita la ciudad y es parte de ella por el magistral relato de Memo Anjel y nos detenemos, perplejos, ante el otro rostro de las sicarios descritos por Jaime Espinel o ante los desolados personajes descritos en la compulsiva escritura de José Gabriel Baena, ante la música del derrotado en los relatos de Spitaletta, de Mario Arrubla.
No hay descanso en la escritura frente a la agresión que quiere, bajo el mandato de su economía, volver fungible el sentimiento y el amor tal como lo esencializa Rocío Vélez de Piedrahita o la escritura del pasmo existencial, la búsqueda frenética de Dios en la obra narrativa de María Helena Uribe. Pienso en ese permanente ejercicio de inteligencia crítica que supone la obra ensayística y narrativa de Ricardo Cano Gaviria. Inteligencia vigilante que sostiene la morosa narrativa de Jairo Morales, la capacidad psicológica de un escritor como Saúl Álvarez.
Lugares, geografías contra el olvido: en un hermoso poema de Víctor Gaviria yo mismo cruzo en mi bicicleta "Coventry" por los espacios oníricos de un barrio desconocido. ¿He podido escaparme del sólido mundo poético de Carlos Vásquez, obra mayor? Hablo de una narrativa, de una poética que ha sabido ir más allá de la simple descripción provinciana para adentrarse cada vez más en las complejidades de personajes asolados por un fatal sentimiento de culpa, signados por el horror metafísico, colocados casi siempre en un borde donde parece estar anulada cualquier esperanza. La diáspora es nuestra única evidencia posible, buscarnos en ajenas geografías, creando desde una fría nostalgia la noción de una patria más amable. ¿Tuvimos alguna vez ideales o mentimos adrede sobre una patria que no existe?
¿Dónde ha quedado la ciudad en la cual tuvimos una infancia y una adolescencia? Nos miran los ojos de los desplazados para recordarnos que una pregunta decisoria se ha abierto ante nosotros. El otro está aquí cuando la crueldad parece haberse constituido en la única constante de nuestra vida urbana. Héctor Abad Faciolince, Alberto Aguirre, Juan José García Posada, Inés Posada, Jaime Alberto Vélez, Oscar Hernández, Gloria Posada, Pablo Montoya, Pascual Gaviria, Ignacio Piedrahita, Doris Elena Aguirre, Mario Escobar, Oscar González, Orlando Arroyave, Leonel Estrada, Daniel Jiménez, Omar Castillo, Luis Iván Bedoya, Oscar Castro, Fernando Vera, Jaime Jaramillo Panesso, X 504, Jesús Gaviria, Olga Helena Mattei, Orlando Gallo...y nuevos nombres que cada día irrumpen para dejar constancia de una nueva escritura, con el dato humano de quien vive y padece la ciudad que nombra y de quien desde ella se habla a sí mismo con la voz del enfermo de saudades y con la enérgica propuesta de quien sabe que es en los extramuros donde habita la nueva palabra.
Ser escritor, señor Alcalde, es esta diaria tarea, este diario aprendizaje de fe en la palabra y de padecimiento de aquello oscuro que niega la palabra esperanza. Medellín y la presencia en sus escritores de la única realidad posible, aquella donde la imaginación recuperada funde la risa de los niños con la necesaria sabiduría de los mayores. Que se haga posible la biblioteca de autores de la ciudad, pues la mayoría de sus escritores fuera de los circuitos comerciales editoriales, deben guardar sus textos sin que vean la luz. Aquí está la memoria viva del ayer rescatado desde la libertad y del hoy retratado desde su innúmera realidad: escritura, palimpsesto, invisibles topoi, señales de una ciudad que si la violencia trata de destruir, la literatura construye y reconstruye impidiendo la ofensa.